Una historia mágica en el Puerto de Benidorm

Por | 4 noviembre, 2015 | 0 comentarios

una historia mágina

Era sábado y el despertador sonaba, tan sólo eran las 8 de la mañana de un día que desde mi ventana brillaba de forma especial. Algo adormilada todavía, conté hasta 10 y de un brinco salté de mi cama y decidí bajar a desayunar al buffet del Hotel Centro Mar.

Ese fin de semana había decidido darme el capricho de irme a pasar dos días fuera de casa, exactamente a la cuidad de Benidorm. Entre el estrés del trabajo y el poco tiempo que tenía para mi, me había olvidado de los cuidados de mi misma y de lo que se sentía una mañana de esas en las que te pierdes entre tus pasos y os encontráis solos, el sol, la brisa del mar y tú.

Tuve la suerte de disfrutar de una habitación que estaba orientada con vistas al mar. Cuando llegué del desayuno, pensé que lo más increíble que podía pasarme en esos momentos sería ponerme mi ropa de deporte y salir a pasear por los rincones más bonitos que escondía la ciudad.

El hotel estaba situado en el centro de la ciudad, así que cuando salí tuve muy fácil que camino escoger; la bonita ruta que empezaría en la magia de la ciudad y acabaría tocando el mar con las pestañas. Esa que te lleva hasta donde se esconden los barcos, que por las noches siente el reflejo de la luna y la que seguro que me haría cruzarme con miles de caras nuevas, miradas perdidas, pensativas, felices, llenas de entusiasmo por recibir el nuevo día.

Llevaba 20 minutos caminando y ya empezaba a sentirme un poco mas libre. Cerca del puerto me encontré con unas rocas, de primeras pensé que sería algo descabellado sentarme allí, pero lo único que necesitaba era escuchar el sonido de las olas chocando contra las rocas durante unos minutos.

Cerré los ojos, me sumergí en lo profundo de las ilusiones y algo tocó mi hombro. Tuve miedo a girarme, a despertarme de mi paz; no quería que nada ni nadie estropeara mi momento.

Me volvieron a tocar, esta vez debía girarme. Cogí impulso y en un movimiento de cabeza de 180º le miré. Mis ojos penetraron en los suyos y eran iguales de bonitos que el azul, como si el mar estuviera reflejado en ellos.

Empezamos una bonita conversación, en la que el me contaba que llevaba dos años instalado en la ciudad de Benidorm y todos los sábados acudía al mismo sitio. Que le encantaba la magia que escondía aquel lugar y que jamás se había encontrado allí con nadie. Me hizo saber que si había llegado hasta allí, sería por dos motivos, estaba huyendo de algo o era una gran aventurera, y lo cierto es, que no se alejó mucho de la realidad.

Aquella tarde vino a buscarme al hotel Centro Mar, no se si os había contado ya, que estaba allí instalada desde la noche anterior.

Cuando salí del hotel, nuestras miradas volvieron a mirarse de forma especial. Ninguno de los dos se atrevió a decir nada, tan sólo caminamos, reímos, visitamos lugares, y convertimos un día cualquiera en uno eterno.

Al día siguiente, mientras hacía la maleta de regreso a casa, no podía dejar de pensar en él. No voy a engañaros, nunca antes había vivido algo así. Sabía que el lunes empezaría de nuevo la rutina, volvería el estrés y con él, las aglomeraciones, el tráfico de coches y las voces ruidosas.

Borja y yo, decidimos no darnos el número de teléfono. Yo por aquel entonces vivía en Madrid, trabajaba en una empresa de organización de eventos para negocios y no podía prometer amor eterno a alguien, que aunque maravilloso, estaba muy lejos de mí.

Pasaron los meses y mi vida continuó, igual de lentas que continúan las cosas que tienen sentido a medias. Y fue justo en ese momento, cuando decidí que arriesgar siempre había estado muy presente en mi vida, que mi estancia en Madrid había sido inolvidable y que había llegado la hora de marcharse.

Ese viernes cogí el primer tren destino Alicante. Sabía que ese fin de semana, sucedería algo que cambiaria mi vida.

Volví a instalarme en el hotel Centro Mar , quería revivir cada uno de los momentos mágicos que ocurrieron justo el día en que todo dio un vuelco.

Era sábado, y con paso firme y piernas temblorosas, fui decidida a encontrarme con él. Recuerdo cuando me dijo, que si quería volver a verle sabía perfectamente donde encontrarle.

Llegué y no había nadie; mi mente imaginó que todavía no había llegado. Decidí sentarme a disfrutar del mar y de la espera de su llegada. Los minutos parecían eternos, incluso el movimiento del mar pareció paralizarse… y fue entonces cuando alguien dijo mi nombre.

Me giré y allí estaba él, igual de guapo que la última vez. Me sorprendieron sus lágrimas, y esa frase que a día de hoy y después de 3 años de relación, no he podido olvidar. “Sigo viniendo cada sábado como te dije, pero desde que tu estuviste aquí, el mar ya no me parece tan bonito como antes”.

Categorías: Benidorm

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